El Estado y las musas – Políticas culturales en el Uruguay del centenario, libro de Inés de Torres
Daniela Bouret Vespa
A continuación, la reseña del libro del título publicado por Editorial Crítica.
Contenido de la edición 02.04.2025
Es tiempo de celebraciones. Transitamos cuarenta años de recuperación democrática, que nos alimenta esa línea en clave de excepcionalidad en tanto el mirar la región y la fortaleza de nuestro sistema de partidos. Pero celebramos más. Hace un siglo el Parlamento debatía sus hitos de memoria pública con eje en los años de 1825 y 1830, sobre el nacimiento del país independiente. En este marco de centenarios, incluimos un eje más, la celebración que en nuestro país existen políticas culturales públicas desde hace un siglo, lo que coloca a la cultura como un tema de Estado, un tema serio. La publicación de Inés de Torres nos da la oportunidad de cuestionar algunos supuestos que se manejan desde la doxa, para deconstruir la trama que la contiene desde la episteme, es decir, desde una sólida investigación.
La relación entre cultura y política viene desde la antigüedad. Estuvo en manos de la Iglesia y la Corona, siguió en las cortes monárquicas, los mecenas y la aristocracia; luego en manos de filántropos y grandes coleccionistas hasta que el Estado toma como asunto público la creación y la promoción cultural. Ha sido- y es- un campo de batalla usado como instrumento de hegemonía y de transmisión ideológica. Pero cuando los Estados implementaron formas de institucionalizar los contenidos artísticos, se convierten de alguna manera en árbitros del gusto.[1]
Y esto, para algunos teóricos comenzó en la posguerra; las primeras políticas culturales destinaron presupuestos para mantener instituciones o artistas, construyeron infraestructuras y fundaron organismos encargados de la difusión artística de forma masiva.
La autora comienza transitando experiencias -conocidas para quienes tienen herramientas de gestión y política cultural-: las políticas culturales francesas en los hombros de André Malraux y la influencia de sus "casas de la cultura" en Uruguay. Y de golpe nos cuestiona esa idea bastante instalada de Francia como cuna de las políticas culturales. Si bien la memoria gaullista es simbólica y de alguna forma impuso su historia,[2] la autora advierte que antes de De Gaulle hubo otras experiencias. Incorpora la experiencia durante el gobierno del frente popular entre 1936 y '38 en la misma Francia; otras políticas culturales en 1917 en la Rusia revolucionaria lideradas por Nadezhka Krúpaskaia (la esposa de Lenin) quien impulsó el desarrollo de medidas en educación y cultura favoreciendo las vanguardias y arte experimental (bien distintas a las posteriores estalinistas); y una tercera experiencia previa a la francesa que surgió en Estados Unidos entre 1933 y 38, cuando el Estado apoyó a la cultura para salir del crack del 29.
Estados Unidos financió entonces escritura, teatro, pintura, música, bibliotecas y museos dando empleo a cuarenta mil artistas y trabajadores de la cultura, entendiéndola como actividad indispensable para el bienestar de la comunidad, liderado también por una mujer, Eleonor Roosevelt.
Otras experiencias en el mismo sentido surgieron en América Latina. En el México de Obregón la obra de José Vasconcelos en los años 20, impulsó el muralismo, generó campañas de alfabetización, difusión de libros, escuelas rurales, centros culturales obreros y organización de festivales al aire libre. Más cerca aún, en San Pablo, el programa de políticas culturales impulsado por Mario de Andrade en los años 30 incluía investigaciones, generación de acervos, producción y acciones para la democratización de bienes y servicios culturales.
El libro estructura esta reflexión en siete capítulos para su mejor lectura. Las primeras instituciones culturales públicas como bibliotecas, archivos y museos; la creación de los premios como instrumento de incentivo a la creación artística; las áreas artísticas con mayor lobby (teatro y artes plásticas) y la necesidad de sala propia; la adquisición de bienes culturales por el Estado; la formación artística y la beca como instrumento; La casa del arte; y la creación del SODRE como la primera política cultural integral.
Inés ha trabajado incansablemente estos temas que muestran la relación compleja entre la esfera de lo cultural, la política y el Estado. Este libro trata de las políticas culturales en Uruguay del 900, en el cual podemos acordar que las hoy denominadas políticas culturales, entonces se conocían como instrumentos de "fomento artístico" para la promoción de las bellas artes.
Es una lectura altamente sugerente, que va hilando la deconstrucción de algunos proyectos que se debatieron en el Parlamento. Es ahí donde se aprueban o no las iniciativas que proponen los representantes, las instituciones culturales o los artistas. Inés va desgranando los argumentos que se promueven, va mostrando cómo se fueron instituyendo, con aciertos y errores, los criterios para adjudicar becas, premios, comprar obras o crear elencos. Desde una mirada eurocentrista, se entendía como contenidos legítimos a impulsar los que se correspondían con la música culta, letras y bellas artes. De ahí que se crearan instituciones que mediaran en la socialización de los gustos, se compraron publicaciones para el sistema escolar, obras para museos, etc. Lo que enfrenta a la disyuntiva en el paradigma de la democratización de la cultura: ¿quién decide qué es lo mejor para la mayoría de la población? Porque se trata de una selección arbitraria, realizada desde el Estado para difundir las ofertas que alguien cree que son lo mejor, imponiendo los cánones del gusto estético en una sociedad llena de nuevos migrantes.
Inés construye una cartografía. Hace un relevamiento de las redes de relaciones de los artistas, de las concepciones de cultura que tienen los políticos y del lugar de las mujeres. Incluso nos sorprende en el quiebre de otro imaginario: el que no siempre los políticos de izquierda impulsaron la cultura y hubo propuestas que atravesaron los partidos. En el transcurso de la investigación da cuenta de la posibilidad de negociación política, que la adscripción partidaria no era fundamental para lograr un proyecto, que más bien pasaba por el vínculo de los artistas por su capital relacional o de clase con los parlamentarios.
La investigación incluye un análisis de discursos de prensa y testimonios que nos ayuda a pensar los imaginarios en torno al rol de las artes y los mecanismos de legitimación de un artista. Hay un gran trabajo de sistematización de los objetivos de estas políticas culturales que clasifica en políticas de preservación; difusión; creación artística; formación artística; y elencos estables
Es importante argumentar la pertinencia de una investigación de esta naturaleza hoy, en este centenario. Es que parece existir cierto consenso en nuestro país, que la cultura es importante para la sociedad. Ya sea considerada una herramienta de inclusión o de convivencia ciudadana, la cultura también entendida como identidad o como consumo y producción; abordar la cultura y los públicos como prosumidores y debatir sobre su acceso; desentrañar los temas ontológicos y la legislación, o analizar su economía y las industrias culturales. De todas formas, estas perspectivas contienen tensiones a su interior manifiestas en los debates sobre los alcances de la palabra cultura, sobre el sentido de la identidad (¿esencia o construcción?) y, por tanto, el dilema sobre qué identidad promover, preservar o impulsar desde lo público. También se ponen en jaque estas perspectivas cuando se mercantilizan los bienes culturales, cuando evitamos cuestionarnos si estos bienes simbólicos son un instrumento, es decir si importan solo en la medida que sirvan para algo o, al decir de Nuccio Ordine, se trata de valorar la utilidad de lo inútil. A todo esto, se suman las disputas sobre el lugar de los trabajadores de la cultura y sus derechos y las políticas desde el Estado por enmarcar las artes y la cultura como asunto público. Es que elaborar un discurso crítico sobre el pasado, planteando preguntas desde el presente es una tarea política, por eso, este libro nos proporciona horizontes de sentido para pensar y pensarnos. El libro trata de paradojas, porque mientras el Estado tiende a la descripción y cristalización de las expresiones a las que ha arribado con el mayor consenso posible, el arte busca constante y desaliñadamente cuestionarlas.
Con Gonzalo Carámbula incorporamos la mirada de ecosistema cultural, entendiendo a la cultura desde una perspectiva compleja de las relaciones humanas y las formas en que elegimos vivir en sociedad, el mirar la creación humana en su conjunto. Se piensa entonces la cultura desde la sustentabilidad, desde el habilitar la mayor democratización al acceso a bienes y servicios culturales tanto como a su producción para combatir la desigualdad y la fragmentación social, impulsar estrategias para una democracia cultural.
Desde lo público se han instalado diversos dispositivos como los fondos concursables, premios, instituciones de formación en gestión cultural, la Facultad de Artes en la Udelar, red de salas de artes escénicas, museos, archivos, bibliotecas, instituciones a nivel nacional y departamental de formación, impulso y creación artística, elencos, radio y tv; existe un cumulo de legislación (aunque la ley del teatro aguarda desde el 2019), hay una producción importante e insuficiente de sistematización de experiencias exitosas en buenas prácticas y existen algunas -esporádicas- encuestas de consumo cultural.
Pero este ecosistema ha demostrado también varias carencias. En una sociedad que tiene un consumo cada vez más doméstico y tecnológico de la cultura, un consumo cultural desterritorializado donde el sofá y el control remoto son una invitación para una vida sedentaria a modo delivery y personalista, faltan invitaciones seductoras para convidar al compartir juntos. Existen carencias en tanto se sienten aún tensiones en la articulación entre lo público, el sector privado y el independiente.
Este libro contiene además un regalo maravilloso para cualquier investigador: hay una exhaustiva bibliografía y un listado de fuentes que va desde aportes teóricos e históricos a estudios de casos de artes visuales, letras, artes escénicas, equipamientos artísticos, instituciones, revistas culturales, prácticas cotidianas y políticas públicas. Y tiene una virtud, es una publicación amable, es un libro ameno, de fácil lectura, que interesa y que tiene letra grande (una ya valora también estas cosas).
Y es importante también, porque estas políticas culturales forman el entramado del espacio público que es la categoría determinante de la vida urbana. El espacio público de la ciudad sigue siendo el ámbito de cohesión y expresión del vínculo social. Ojalá que la gestión cultural desde lo público, pueda volver a generar plataformas para proyectar el cómo soñamos vivir evitando la fragmentación social y ejerciendo los mecanismos para cumplir que la cultura sea un derecho humano.
DANIELA BOURET VESPA
Licenciada en Ciencias Históricas y magíster en Ciencias Humanas,
directora de Cultura del SCIBU (UdelaR)
*Este libro se presentó en octubre 2024 en el Salón Dorado de la Intendencia de Montevideo, con la autora, por Gerardo Caetano y quien escribe estas líneas.
[1] (Miller, Toby y George Yudice 2002 Política cultural, Gedisa, Barcelona, p, 37)
[2] HISTORIAS NACIONALES, HISTORIA DE LA MEMORIA Eugenia Allier Montaño* Nora, P. (2008), Les lieux de mémoire, prólogo de José Rilla, Montevideo: Trilce.