Me llaman "La Iguana"

Alejandro Vásquez Escalona

Contenido de la edición 02.04.2025

 

Aún sentado se puede apreciar que tiene una estatura cercana a los dos metros, unos treinta y largos años, aspecto rudo, pero de hablar casi cándido, hospitalario. Es mecánico diésel. Trabaja para una empresa trasnacional. Lo acompañaba una mujer sencilla de cabello claro ensortijado. Después supimos que era maestra de escuela primaria. Que llegó sola. Que estaba en ese espacio buscando conectarse como diría Chuck Palahniuk. Pudiera apostarse que a casi todos nos mueve una motivación similar: Conectar con el otro. Tejer deltas de palabras con los demás para auto alabarnos. O lamentarnos. Compartir unos tragos.

Cuando entramos al bar Stalingrado, buscamos con la mirada dónde sentarnos. Es sábado. El lugar está lleno de gente envuelta en una especie de neblina del humo de los cigarrillos. Siete de las ocho mesas de cuatro sillas ubicadas en una salita ya no tienen alojamiento. En una pared lateral, se ve un afiche desgastado de Salvador Allende, el chileno. Lo acompaña un poema inconcluso de Pablo Neruda; al poster le falta un pedazo. A la izquierda una barra larga con sillas redondas giratorias, adherida al piso por soportes de metal cromado, las ocupan unos doce parroquianos; algunos empuñan su jarra de cervezas. Otros, escupen parte de lo neblinoso del ambiente. La música, al mezclarse con las conversaciones de la gente, parece un gorgoreo matinal de enjuague bucal.

 El mecánico nos hace una señal con su mano para que nos sentemos en la mesa que comparte con la maestra. Llevo una cámara fotográfica en un maletín. Trabajo de profesor en la Escuela de Comunicación Social de La Universidad del Zulia. Hago fotografías nocturnas. Me creo fotógrafo. Me caliento las neuronas con aquello de la estética y la trascendencia. Lo legendario surfea en mi cabeza como puerto posible.  Son los años ochenta. Me acompaña Maruja Dagnino, periodista de labios delgados, pocas veces rojos, casi no se maquilla y ojos mediorientalizados, posiblemente a fuerza de hacerlos más pequeños para clarear lo mirado. Ella atiza mi ego para hacer un trabajo fotográfico sobre los bares de Maracaibo. Posiblemente siente que tengo aliento de Charles Bukowski, aunque no escribo una cuartilla, pero bebo cervezas cuando se puede.

Nos abrimos paso hasta la mesa ocupada por la maestra y el hombre de la candidez en su semblanza. Presentaciones y saludos correspondientes. Apretón de manos. Sonrisas de llegada y bienvenida. Amabilidad nocturna. Armonía etílica, seguramente, Alejandro Vásquez, Maruja Dagnino, somos estudiantes de periodismo, mentimos.

Mentimos por aquello de no alejar a la gente sencilla. Todavía sonaba encumbrado anunciares como docente universitario. Aleluya. El mecánico solicita al mesero la primera ronda de cervezas. Después vendría otra. Y otra. Ventaja de haber ocultado nuestro verdadero quehacer, aunque no hubiese sido alevosamente. Hurra. Se inicia la conversa. Oímos. Oímos. Nos creamos antropólogos visuales urbanos.

El mecánico de motores diésel nos cuenta que vive con su madre, quien lo atiende, le hace la comida. Duermen en la misma cama. Siempre ha sido de esta manera, sostiene con un cierto gozo. Su mano se levanta. Más jarras de cervezas llegan a la mesa. Más ánimo se siente en el relato, me casé hace dos años. Mi esposa se vino a vivir a casa de mi madre también. Compré una cama king size, grandota, pues. Allí dormíamos los tres. Mamá seguía haciendo la comida, lavando y planchando mi ropa, llevaba la casa. A los seis meses, mi mujer me abandonó. Estuve muy triste. No entendía por qué se marchó. Yo le daba de todo. Y la amaba.

Cercano a la medianoche el bar Stalingrado no sabe de ventisca de nieve, ni de vodka o cosacos. Está lleno con gente de ojos espejeados por el alcohol, de vestimentas hediondas a nicotina. En la Minolta XG1 que llevo en mi diestra se empozan unas veinte fotografías de la gente del establecimiento en película blanco y negro. Y muchos deseos de tejer fotográficamente la ciudad nocturna desde sus bares.

La vida sigue. Se deshoja como montada en esos calendarios que alguna vez colgaron de la pared. Y persiste el agua bajo los puentes. La lluvia, no siempre la lluvia en una ciudad calenturosa, los suicidas anónimos. Una primavera y un otoño solamente en la imaginación. O en el recuerdo de alguna novela o cuento leído. El smog de los autobuses como paisaje urbano conviviendo con rebaños de chivos en algún terreno deshabitado. Unas clases arbitrariamente hedonistas compartidas con estudiantes de periodismo que en su mayoría me miran como extraterrestre, pero que parece agradarles. Parece. Acuerdo habitar en familia: Una casa en una isla urbana espejeada por las aguas del lago Coquivacoa. Una mujer, un amor largo, extraño. A veces endeble. Una hija de ojos inmensos de luna equinoccial. Un hijo Zen Avesta, sin haber leído ni Lo que el Buda enseñó, menos otros budismos. Años. Dudas. Certezas. Ahora estamos en la década del 2000. Dónde andará ahora Maruja. ¿En cuál lugar asustará el desencanto, soplará brasas a nuevos sueños?

Llego al bar Colonial del centro de Maracaibo. Puede que sea jueves. Es la tercera visita. Llevo mi cámara por primera vez. Ando con Eugenio Rivas. Su cabello es largo en trenzas rastafari. Es como mi sombra que se mueve a su voluntad. No siento su presencia. Me detengo en la entrada. Fotografío hacia afuera, un pasillo largo donde descansa una motocicleta Harley Davidson cerca de la pared. Al final se ve una mujer guapa con pantalón de licra adherido a su cuerpo. Parece conversar con su amiga. Entro, me acerco a la barra. Bebo una cerveza. Me siento en una mesa. Converso con los paisanos. Fotografío. Y comienza a fluir el alivio de quitarme de encima el peso de un proyecto inconcluso. Me levanto. Fotografío: una mujer sentada de espaldas a la barra, mira al fotógrafo, a su lado, la acción congelada de un hombre al sentarse. En la pared del fondo, se ve un mural de un niño como salido de la serie televisiva Flipper, pesca acompañado por su perro. Parece mirar al cajero que se rasca la cabeza. Escarbo la vida en el bar. Fotografío. ¿En qué espacio se oirá el estruendo de las máquinas diésel reparadas por el mecánico de Stalingrado?

Ella atiende a los clientes. Camina de mesa en mesa. Sirve cervezas. Levanta las botellas vacías. No se sienten agujeros turbios en su alma. Se le ve contenta. De su cabello amarillento parece emanar algarabía de adolescente. La miro. Es agradable la energía que emana. Detesto el cliché que concibe a todas las prostitutas como mujeres abandonadas por su padre, maltratadas por su madre bruja y pobrecitas, bla, bla. Pienso en un documental de Discovery Channel sobre la profesión más antigua de la humanidad, para decirlo novedosamente: Una visión compleja nos adentra en este oficio: vemos desde la puta desgraciada arrojada a la calle por carencias económicas extremas, hasta una mujer en Londres que pudiera fácilmente ocupar portada de Harper's Bazaar o Vogue y seductoramente sostiene que le encanta ser prostituta. Selecciona sus clientes y tiene ingresos mayores que el alcalde de la ciudad.

Me acerco a la mujer rubia, que sirve tragos. Sin titubeos, le expreso que le haré un retrato, con la seguridad que me da el poder de la cámara fotográfica para consentir vanidades. No se niega. Me pregunta con malicia seductora, ¿tú sabes cómo me llaman? Espérate un poquito. Camina por un pasillo que va al fondo del establecimiento. Es alta y rellena, parece vestirse con la estética del cine de los cincuenta. Imaginamos a Marilyn Monroe, que nos hace un guiño malicioso. Entra a una habitación y regresa con una iguana pequeña de un verde montañés sobre sus senos redondos y firmes que parecen burlarse de las tetas de silicona salidos de un quirófano oloroso a formol. Los amigos me llaman La Iguana. Tú eres extranjero, le dice a Eugenio, quien la mira embobado.

Preparo el escenario para la fotografía. Le sugiero sentarse lateralmente en una silla azul de mimbre, en el extremo de una mesa de fórmica blanca. Sobre esta apoya su mano izquierda. En la otra mano a la altura de su pecho sostiene una cerveza polar. Le pido que mire a la cámara. Encuadro. Sale un pedazo de otra mesa. En la pared del fondo, se aprecia un mural de cerveza Regional de los años sesenta: en el borde izquierdo una mujer con rasgos indígenas, pero a lo María Félix, la actriz mexicana. En la parte derecha, un paisaje tropical con palmeras y todo. Abajo en el mural un texto: La princesa de Sinamaica. Aprieto el obturador y La Iguana es memoria. Es un retrato de una rubia platinada que pudiera removernos la nostalgia de lo que ya no es. Y la maestra de cabello ensortijado que casi no habló aquella noche, seguirá repitiendo en coro con los niños del colegio su a, e, i, o, u. O mi mamá me ama. ¿Amo a mi mamá?

En los meses venideros, continúo fotografiando los ambientes nocturnos de la ciudad. Vuelvo al bar Colonial. Eugenio me acompaña. Expresa su deseo volver a encontrarse con la mesera. Esa noche no la vimos. Nadie sabe de ella. Después recorremos varios bebederos del centro de la ciudad. Llevamos la copia de su retrato para regalárselo. Cual detectives, mostramos la fotografía y preguntamos por la Marilyn Maracucha. Fotografío. Luego indago. Como en un filme de novela negra adaptada, los interrogados niegan moviendo el rostro. Y nada, hilamos la noche. Hilamos.

Miércoles o viernes, los buhoneros de la plaza levantan sus mercaderías en cajones rodantes. Los postes ciegos del alumbrado público son como luciérnagas mecánicas sin resplandor. Sobre la plaza Baralt se adhiere el sosiego de un día ojerudo. Comienza la noche. Camino por la calle empedrada lateral a las estatuas legendarias de los atlantes. Me cruzo con la mujer de la primera fotografía del bar, que estaba en el pasillo. Conversaba con su amiga. ¿La olvidaron? Le pregunto por la muchacha alegre que atendía a los clientes. Ella salió preñada y se retiró por un tiempo. Tiene tres hijos. Después, seguro volverá.

Mantengo silencio. Estamos frente al Stalingrado. La mujer de la fotografía del pasillo, pudiera preguntarme porqué el bar lleva ese nombre. Quién sabe, le respondería e imagino el poster rasgado con Salvador Allende, el poema inconcluso con el rostro de Neruda como riendo irónicamente al ver a tanta gente que no imagina a una prostituta embarazada.

ALEJANDRO VÁSQUEZ ESCALONA

(Venezuela, 1956). Fotógrafo, escritor, videoasta. Profesor de la

Escuela de Comunicación Social de La Universidad del Zulia (1987/2016).

Docente invitado a Aquelarre - Escuela de Fotografía. Montevideo (Uruguay-2021)

acuantola@gmail.com

 

Imagen de portada: Alejandro Vásquez Escalona

Foto personal: Ivett García

 

Archivo
2025-04-02T14:05:00