Transacción de medianoche
Alejandro Vásquez Escalona
Contenido de la edición 04.03.2025
Sube unas escaleras rojas de cemento empinadas, con pasamanos de metal negro corroído a ambos lados. El amarillo y azul celeste de las paredes se ven macilentos por la opacidad de la bombilla. Se cruza con una mujer que baja. No ve su rostro, lo oculta la cabellera que cae sobre su cabeza inclinada. Huele a romero. A hierba de jardín realengo. Pareciera que flota. Que no hubiese salido del bar Violeta. El hombre finaliza su ascenso en la puerta batiente de la entrada cubierta con un poster de una chica en traje de baño blanco, insinuante, que muestra una cerveza Polar ice.
Entra al bar. Es la tercera ocasión que lo frecuenta. Se acerca a la barra. Consume dos cervezas servidas en breves pausas por un hombre de color como lo denominaría decentemente un norteamericano. El mesero está atento a la voz de un narrador de carreras de caballos. El visitante se sienta solo en una mesa, de frente a la puerta de salida del establecimiento. Lleva un maletín negro de cámara fotográfica colgado al hombro. Cree que esta noche tampoco debe fotografiar, es mejor esperar. Amansar el ambiente. Adentrarse más con su presencia, por aquello de la Observación Participante. O por preservarse de un botellazo colérico al violentar espacios ajenos. Esta vez, una camarera le sirve otra cerveza. Suena una música de reggaetón metálico, por su estridencia. La luz es tenue, rosada violácea. Una mujer gruesa de espalda, con una cola de cabellos negros y largotes, baila con su pareja, un joven de aspecto indígena. Desconocen el sonido acelerado, se mueven como si fuese un bolero. Es evidencia de encabronamiento. Enamoramiento para decirlo de manera suave.
La primera vez que visitó el bar Violeta era viernes. Había un ambiente pichacoso. Estaba atestado de gente empapada de sudor que, más que bailar, brincaban. Mesas repletas de botellas, de bebedores que gritaban y palmeaban. Una mujer desdentada de unos sesenta años hiphopeaba con un adolescente. Un tufo ácido callejero como vapor pegajoso embuchaba el local. Se percibía como eructo de mezclas etílicas en estomago amanecido.
Desde la mesa que ocupa ahora, saca su cámara y casi oculta, hace un encuadre que incluye la puerta batiente de la salida y los flashazos de luz que entran al abrir y cerrarse. Un poster, arriba y a la izquierda, muestra a la Britney Spears acostada lateralmente sobre un sofá negro. Blusa blanca de algodón solamente, piernas con botas rojas, recogidas hacia su pecho, el rostro apoyado sobre sus manos, mira la caja de encantamientos casi con ternura de representación. Entran y salen personas. Ocurren cosas. Obtura su máquina una que otra vez. No hay encanto aún. Espera que suceda algo que le agrade. Ocurre lo esperado: un hombre en camiseta blanca sale del bar, delante de una joven morena, abruptamente hermosa. La mujer se detiene en el quicio de la puerta, la sostiene con su mano. Mantiene una punta de su zapato de tacón alto levantada. Conversa con el varón que está afuera de perfil, un lenguazo de luz, hace seductor el posible proceso de transacción erótica que sucede. El hombre de la cámara, fotografía. Pixelado en la tarjeta de memoria, queda el retrato de dos personas que quizás intentan llegar a acuerdos de aposento. De sábanas y gemidos gozosos. Vitales. El fotógrafo sabe que su visión no es tan heroica como para vivir atrapando Instantes Decisivos. Elige locación. Encuadra y espera. Espera como meditador zen que transcurra la vida. No se oye al narrador de las competencias de caballos. Cualquiera pudo haber ganado. Alguien debió perder en las apuestas.
Después de tres cervezas consumidas sin prisa, otro estruendo reggaetonero comienza a cuartear los oídos. Suena por encima de los otros ruidos. Dos hombres se levantan de su mesa. Salen a bailar. Se les ven entusiasmados. Suenan gritos de aprobación y abucheo de quienes permanecen sentados. Mueven sus brazos como par de espadas de samuráis en pleno duelo. Sus cuerpos entrecruzan el vacío al moverse. El fotógrafo se levanta y camina cerca de los bailarines. Hace dos o tres fotografías con baja velocidad de obturación. Uno de los danzantes se ve con los brazos en alto, mirando hacia atrás, como que retrocediera en busca del otro cuerpo. El otro lo espera con sus manos elevadas también. El movimiento sugerido de los brazos, los hace simular alas de mariposa.
El fotógrafo baja la cámara y suspira como en trance. Intuye que tiene una buena imagen en el vientre de su caja negra. Retrocede. Oye a alguien detrás que lo increpa autoritario. Violento. Aquí está prohibido hacer fotografías. Es el negro como lo llamaría un racista del sur estadounidense, ese que sirvió la primera cerveza desde detrás de la barra. Está encargado del bar. Es alto, con manazas como porras de metal. Se ve en sus ojos la intención de golpear al fotógrafo imprudente. De Vomitar el descontento. La arrechera. Disculpe, no lo sabía. Disculpe. Guarda la cámara fotográfica. No que disculpe, pendejo. Le expresa disculpas por tercera vez. Disculpa un coño. Crees que esta verga es tu casa.
Al hombre de la cámara le atemoriza la posibilidad de un mazazo en su rostro o una patada, en los testículos, pero ha consumido varias cervezas que envilecen la diplomacia. Que perturban los consensos. Arrugan la armonía. Se acuerda del contador de Al Capone. Del cochecito en las escaleras. Del homenaje a Eisenstein en el film Los Intocables. Más por instinto de supervivencia que por convencimiento, se envalentona artificialmente, levanta la voz. Bien, te he pedido disculpas tres veces, qué más quieres Cómo qué no entiendes. A propósito, cómo están tus libros contables. Aunque más atento en evadir una posible agresión, supone que hay silencio en el ambiente, por temor y respeto a la furia del regente del bar. Que la música y el gorgoreo de las conversaciones bajan de volumen. Observa que el posible agresor, dispuesto a zarandearle, suaviza su actitud. Pareciera haber bebido un sorbito de calma con un toque de temor. Y con ignorancia malamente fingida. Qué es eso de libros contables. El SENIAT, chico, tus libros de impuestos. Silencio. No amilanamiento. Prudencia. Posiblemente, el afrodescendiente, como lo mentaría decentemente, piensa en facturas en papel arrugadas, cuadernos sucios, corroídos donde asienta cifras de compra y ventas. En las cervezas brindadas a policías y funcionarios marginales. Mira de manera vacía al hombre que fotografiaba. Se marcha a su barra. Puede que consuma una cerveza de dos tragos. Puede que apueste otra carrera de parlay en los caballos. Y espere al que pasará.
El fotógrafo cancela las cervezas consumidas. Camina hacia la puerta del tajo de luz. Baja las escaleras rojas de cemento. No queda olor a romero, ni a jardín realengo. Sale a la calle. Es medianoche. Casi silba una canción. Casi silba.
Días después vuelve al bar Violeta. Una muchacha se mueve en un escenario rectangular de fórmica oscura sobre el piso. Se desdobla en seducción nocturna. Se contornea en la barra niquelada. Baja, baila. Se acerca al borde del estrado. Desde su cintura, con movimiento ascendente mueve las manos sobre sus senos. Solamente viste unos mini bikinis, botas de cuero casi hasta las rodillas, lentes solares con montura de carey negro. No se sabe si disfruta, le atemoriza o le asquea su labor de bailarina. Lanza besos a los bebedores de cerveza. Estos aplauden. Lascivia en sus miradas, lascivia. El visitante mira por el visor de la cámara. Respira suave. Hace el retrato de la muchacha en plano de cuerpo entero. La convierte en representación o en hiperrealidad. Son las doce de la noche. La neblina del humo es densa.
Cuando llegó el fotógrafo al bar Violeta, recién iniciada la noche, el encargado del bar que casi le estruja el cuerpo golpes el mes pasado, hace de anfitrión. Le ve llegar, se acerca cordialmente. Le indica las primeras sillas de la tarima donde ocurrirá el stripper. Han pasado cuatro fines de semana desde el altercado, las bofetadas no ejecutadas, La amenaza de revisión de los libros contables. Varias visitas más por el bar. Varias conversas. Patroncito, siéntese acá adelante para que pueda fotografiar mejor.
La pequeña plataforma para el espectáculo está a oscuras, aún vacía. Hace quince días, regresó al Violeta. Fue directo a la barra, donde se sentaba el hombre con piel oscura que apuesta parlay a los caballos. Lo saludó. Este le miro casi sin asombro. Otra vez con mirada como vacía. Le recibió un sobre blanco, lo abrió. Miró su retrato. No se alegró. No se molestó. No agradeció. Pensaste en verdad que vendría a multarte por los impuestos. Tengo aspecto de mala gente. Silencio.
Le explica que realiza un trabajo fotográfico de los bares del centro de la ciudad. Que seguramente expondrá las imágenes en el Centro de Arte que está cerca. En el bar hay poca gente. Están los bailarines de reggaetón. Camina hacia ellos, le regala la fotografía que les hizo cuando bailaban reggaetón. Estos la miran con gesto de satisfacción. Hey, ve que nosotros no somos maricas. Y ríen a carcajadas. Termina la música que sirve para que la muchacha del bikini miniatura muestre su cuerpo casi desnudo. Ella sale del escenario. Corre. Desaparece en el fondo del bar. Aplausos. Silbidos agudos de aprobación. Gritos de satisfacción. El fotógrafo se despide de Abraham, el encargado del Violeta. Ya no amenaza. Sigue detrás de la barra. Esta vez casi sonríe. Disculpe patrón, pudo haber sido mejor. Esa muchacha es estudiante universitaria, no es muy buena, ni las pantaleticas se las quitó.
El hombre de la caja de encantamientos, sale a la calle. Atraviesa un callejón oscuro. Entra a la Plaza Baralt. No se cruza ningún perro negro y solitario. Son las dos de la mañana. Tararea una canción. No sabe silbar. No sabe silbar.
ALEJANDRO VÁSQUEZ ESCALONA
(Venezuela, 1956). Fotógrafo, escritor, videoasta. Profesor de la
Escuela de Comunicación Social de La Universidad del Zulia (1987/2016).
Docente invitado a Aquelarre - Escuela de Fotografía. Montevideo (Uruguay-2021)
Imagen de portada: Alejandro Vásquez Escalona
Foto personal: Ivett García